Misterios de Palacio


Helena era una simple cocinera, con sus delantales y sus cazuelas. Pasaba todos los días de su vida rodeada por cacerolas, vasijas y trastos de cocina, amasando, asando y preparando todo tipo de comidas para el rey y toda la gente importante de palacio. No era una mala vida, Helena, por desgracia, había probado otras y definitivamente servir al Rey era la mejor. Y el sueldo era el más alto que había tenido ( y tendría ) en su vida. Dentro de palacio conoció por sorpresa a un hombre que tampoco se diría que era el más importante y popular que corría por sus pasadizos, más bien sólo quería “coger prestada” un poco de comida y algo que le diera un poco de dinero. Nathan tenía una vida difícil, su madre murió de una enfermedad y su padre lo abandonó haciendo que su vida estuviera rodeada de maldad, delitos y oscuridad, pero Helena le dió una oportunidad ese día. Tras conocerse un poco más, después de muchas horas de largas charlas a escondidas, se acabaron enamorando y ahora vivían un feliz matrimonio juntos.

Su marido, que tras casarse con ella pudo dejar los escondites, los robos y las peleas, ahora era otro empleado más dentro de la cocina. Ya no tendría que “coger “prestada” más comida para vivir, ahora pelaban patatas, cocinaban ricos estofados y hacían todas las recetas para la nobleza para la gente importante y como siempre para el propio rey… juntos. Los dos eran felices con sus vidas, y no se imaginarían sus vidas por separado, pero tras el grito de uno de los guardias nombrando el nombre de Nathan todo cambió.

El guardia acompañó a Nathan por las escaleras y luego por algunos de los pasillos de palacio que ni él sabía de su existencia, al final llegaron a una habitación con una gran puerta de madera. Dos guardas abrieron la puerta desde adentro y el propio rey le invitó a entrar. Avery rey de Belagor vestía sus mejores galas para la ocasión y Nathan no entendía nada de lo que estaba pasando. El rey, tras un breve saludo, se limitó a empezar a hablar y le recordó una historia que pasó tiempo atrás en palacio.  Nathan, cuando aún ejercía de ladrón de clase II, robó unos panecillos que encontró en la misma cocina junto con un frasco que estaba por allí, ese mismo día fué el día que conoció a Helena. Por desgracia el rey lo pilló con las manos en la massa  y lo castigó a estar en las mazmorras hasta que que llegara el día de su castigo por intentar robarle. Helena bajaba todos los días a visitarlo y hablaba con él arriesgando su propia vida, ya que en el fondo  se sentía culpable por no poder hacer nada para salvarlo… así es como se conocieron y se enamoraron.

Pero al cabo de unas dos semanas, el rey bajó corriendo a la celda donde estaba Nathan y lo liberó junto con un gran abrazo al mismo tiempo que dos guardias se llevaban a una muy sorprendida Helena. Junto con lloros y alegría le dió las gracias porque uno de sus guardias cogió el frasco que él mismo robó ese día en la cocina, el mismo frasco que se suponía que nadie debía tocar pues eran pruebas de un crimen, y se lo bebió de un trago pensando que era licor. Por lo visto el guardia había muerto poco después. Ese frasco, ese “licor”, era una pequeña cantidad de un veneno muy potente capaz de matar a todo aquel que lo probara.

A Nathan le dejaron vivir y le dieron un trabajo en el palacio y a Helena la acusaron de alta traición por querer envenenar al Rey. Helena trató de explicar que ella no era precisamente nueva en la cocina y que si hubiera querido envenenar al Rey lo hubiera hecho mucho antes, pero los guardias se lo tomaban como una amenaza. Nathan iba a verla todos los días, triste por haber cambiado su lugar por el de ella. Una mujer tan dulce no merecía estar ahí metida. Al fin llegó el día del juicio, donde Nathan tubo que explicar todo lo ocurrido.

Lo contó todo, cómo se coló dentro del palacio, como tuvo que esquivar a todos los guardias y como finalmente encontró la cocina después de inspeccionar unas cuantas habitaciones. También contó cómo dio unas cuantas vueltas pasando desapercibido entre los sirvientes que corrían de un lado para otro, y como se decidió por los panecillos y el frasco depositados tentadoramente en una plata que seguramente en pocos segundos iría en dirección a una de esas habitaciones o al banquete que se estaba haciendo en las salas superiores.

El juicio seguía y Nathan señaló que si estaba ya emplatado y en una bandeja, Helena, responsable de la comida durante la noche del banquete, tenía que estar por fuerza preparando el asado que se iba a servir de primero y no con la comida ya lista, y que de echo la tenía controlada por si se acercaba demasiado mientras él robaba. Por esa razón Nathan terminó su historia diciendo, casi implorando, que Helena era imposible que fuera la mente de ese plan tan retorcido… Por suerte para ambos el Rey escuchó y terminó por declarar que Helena tenía que ser inocente y que el culpable o la culpable tenía que estar entre los que servían la comida esa noche. Tuvo una audiencia privada con cada uno de ellos y finalmente digamos que un sirviente “desapareció”. Todo el resto es historia pasada…. Por ese “robo con suerte” Avery ascendió a Nathan a caballero , y poco después lo mandaron a la guerra, fué así como las vidas de Helena y su marido cambiaron.

Des de entonces cada día, cada mañana Helena se encontraba sola en la torre número tres del reino observando el horizonte y mirando todos los caminos que conducían a palacio. Dichos caminos de tierra, que algunos hasta se habían formado por el constante pisar de los guardias y de los comerciantes, eran los que dejarían que su esposo llegara algún día sano y salvo a casa, eran por donde él pisaría con sus pies cansados, con su cuerpo agotado y al final volverían a estar juntos.

La guerra, la gran conocida Guerra de los Reines estaba siendo una batalla interminable, donde todos los reinos de Rotherin luchaban para ver quién era el más poderoso de todos. Nathan, después de casi dos meses de lucha, seguía con vida y resistiendo cada golpe de espada que le lanzaban, esquivando todas la flechas que tenían su nombre en la punta. La verdad es que para él ya no tenía sentido seguir luchando, sólo la imagen de su esposa le mantenía con vida, pero sus pensamientos cambiaron por completo el día que descubrió la verdad. Un soldado herido y a las puertas de la muerte le abrió los ojos después de todo ese sufrimiento. Él era el sirviente "desaparecido" convertido desde su "desaparición" en carne de carroña para el rey (que no tubo valor para matarlo directamente), él le explico, en sus últimos suspiros de vida, lo que de verdad sucedió.

Era el rey quién quería usar ese veneno, era el propio monarca quién quería matar, como decía él, a su "queridita" hija, era él quien zurció ese malevolo plan. Nathan, a escuchar esas últimas palabras del sirviente, solo tenía un objetivo en mente. Matar al rey por todo ese tiempo que estubo encerrado, matarlo por todo el tiempo que hizo sufrir a su mujer, asesinarlo por todo el tiempo que le quitó de vida al enviarlo a esta estúpida guerra.

De una noche a otra había un hombre menos en el ejército del Rey. Nathan iba de camino al castillo donde se hallaba su amada esposa junto con el hombre al que le deseaba la muerte. Recorrió los mismos caminos que había recorrido cientos de veces hasta las murallas que durante tanto tiempo se habían convertido en su hogar. Utilizó todos los dotes de ladrón que aún conservaba, se coló por donde pudo y por fin llegó a las cocinas donde tantos años atrás había conocido a Helena. Siguió por los pasadizos contiguos hasta la misma habitación donde su esposa reposaba en su cama dormida. La despertó tan suavemente como pudo y tubo que cerrarle la boca para que no gritara de la sorpresa y la alegría de volver a ver a su marido.

Helena, sorprendida, extrañada y contenta todo a la vez, aún no se podía creer que su marido hubiera vuelto, pero Nathan continuo rápido con su historia. Le contó todo, toda la verdad sobre la historia del veneno robado y cómo fué realmente el propio Rey quien lo planeo todo desde un principio. Helena podía percibir la rabia y la sed de venganza en la voz de su marido. A medida que Nathan avanzaba con su relato HElena se iba contagiando de la ira que emanaba de la voz de su marido. Todo lo que había pasado, todo lo que ella había tenido que vivir en las mazmorras, todo había sido culpa del Rey, un monarca que se había hecho pasar por bondadoso e incluso hizo creer a todo el mundo que el culpable era un simple sirviente. Si no fuera por su falta de valor ella misma lo mataría.

Era el momento, Nathan, después de utilizar todo su sigilo como en sus tiempos pasados, pudo llegar finalmente a esa puerta de madera, la misma que vió ese día cuando el Rey, cuando Avery, lo ascendió a caballero. Habían pactado con Helena que ella haría las maletas y se escaparía por las puertas de la cocina mientras él hacía lo que tenía que hacer. Se verían fuera al cabo de unas horas si todo salía bien. Por si acaso se habían despedido, pero sabiendo que su mujer estaba segura Nathan se sentía mucho más tranquilo. Escondido como podía en uno de los armarios esperó el momento indicado para acabar con la vida del monarca. Tenía en sus manos el mismo cuchillo que utilizaba cuando aún era ladrón de profesión, cuando aún solo buscaba comida y algo para vivir, pero ahora ese cuchillo cumpliría otra función.

Avery, llegó borracho seguramente de algún banquete, realmente fue la rutina, el propio cuerpo, el que lo guió hasta su cama, y acto seguido el Rey cayó desplomado sobre las sábanas cual árbol cortado. Cuando Nathan salió de su escondrijo, pudo ver ya el cuerpo del rey dormido en esa gran cama, roncando como si no hubiera un mañana. El ladrón sacó su cuchillo, su vieja arma que hacía ya tantos años que había jubilado y se prometió que esa sería su última vez. Se acercó a él, y le dedicó las últimas palabras que Avery escucharía ” Resta in pace”. Le rebanó el cuello con tanta lentitud como se pudo permitir, deseando que cada centímetro le doliera un poco más que el anterior al hombre que no hacía mucho había considerado su rey. Cuando terminó y se aseguró que el monarca estuviera realmente muerto, sólo entonces logró relajarse un poco. Observó a Avery, aún con los ojos cerrados, con el cuello rebanado y con toda su sangre derramada encima de la cama. Tendría que quemar su propia ropa ya que había quedado salpicada y no quería que nadie pudiera relacionarlo con el crimen, ni a él ni a Helena. Se irían del reino, se pondrían a trabajar en las cocinas de otros palacios, pero siempre juntos. Ahora iría a su encuentro, sería la última vez que vería su habitación, los pasadizos y las cocinas que se habían convertido en su hogar. Esa noche sería su última noche en el reino, y no volverían jamás, pero se marchaban con la promesa de una vida mejor en el futuro. Y juntos, siempre juntos.

continuara


Bueeeno, espero que os haya gustado esta pequeña historia!! Si queréis vosotros mismos la podéis seguir o pedirme en los comentarios que la continúe. Aunque lo importante es que os haya gustado y entretenido, como siempre quiero.  Espero que nos veamos en la siguiente historia, en la siguiente reseña o en lo que sea!!

Pero antes de irme... ¿De qué os gustaría que hiciera un relato?
Chau!! 

Peli Bloguista

Bloguista, bloguero, blogger como lo quieras decir... Creador de mundos donde sentirme libre. Recuerda que solo vivimo en una realidad de las miles que hay... los elfos, dragones, y todo lo que podamos imaginar realmente existen. Solo que en otra realidad.

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